El Señor Jesús nos sigue enseñando que Él no ve al ser humano como nosotros lo vemos, la exigencia espiritual nada tiene que ver con las exigencias humanas o las de este mundo físico, la sociedad.
Él nos señala que observemos nuestro interior, nuestro real estado espiritual con el objetivo de que cambiemos lo que tengamos que cambiar y renunciemos a lo que tengamos que renunciar por la Salvación de nuestra Alma.
Además, nos alerta sobre el peligro del odio, de juzgar, de condenar y de decir lo que no se debe.
«Habéis oído que se dijo a los antepasados: “No matarás” y: “Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte”». Mateo 5:21
Esto era ley, si alguien mataba sufriría el juicio y sería juzgado y condenado ante la corte de los hombres. Pero el enojo, acompañado de insultos y ofensas es más que suficiente para condenar a una persona ante la Ley Divina.
«Pero Yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: “Raca” a su hermano, será culpable delante de la corte suprema; y cualquiera que diga: “Idiota”, será reo del infierno de fuego». Mateo 5:22
¿De qué estaba hablando el Señor Jesús?
Hay personas que no mataron físicamente a nadie, pero traen dentro de sí un sentimiento de cólera o ira contra alguien que les hizo mal. Debemos ser conscientes de que vivimos en un mundo en el que estamos interrelacionados socialmente hablando, y no debemos esperar por parte de nadie perfección.
Si nos enojamos contra una persona injustamente, seremos también reos de Juicio, así como aquella que mató, pues una persona enojada corre el riesgo de decir palabras ofensivas.
El Señor Jesús dio el ejemplo de dos palabras muy agresivas que no deben ser pronunciadas contra el prójimo. Una de ellas es “raca”, que se considera inútil, estéril. No hay unanimidad sobre su significado, pero, lo más aceptado es que se refiere a algo despreciable, detestable e inservible.
Así, quien la profiriese contra alguien se tornaría reo de juicio en la Corte.
La otra palabra es “idiota” o “imbécil”. De igual modo, quien llama a su semejante así será reo del infierno. Dios no nos permite llamar a nadie de esa manera porque estaremos ofendiendo al Creador y no a la criatura.
No nos corresponde condenar, necesitamos cuidar nuestras palabras y evitar cometer un crimen peor que el que cometió el otro, dejando entrar el odio en el corazón y comprometiendo nuestra alma y nuestra vida.
¿El otro erró? Va a sufrir las consecuencias. Vamos a orar, vamos a perdonar. Dios no lo va a considerar inocente, porque Él es Amor, Perdón, Misericordia, pero Su Trono está edificado sobre la Justicia. Él no toma por inocente al culpable, porque quiere que se desarrolle y cambie, y aprenda con sus propios errores. Al mismo tiempo que quiere que usted no cometa el error de juzgar y condenar, sino que guarde su boca y su corazón, para que no sea reo del infierno de fuego.
«Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el Altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del Altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda». Mateo 5:23-24
Préstele atención al orden. La ofrenda es algo que sale de su interior, acompañada de gratitud, de amor, de ternura, es algo espiritual. Lo económico materializa esta entrega, pero Dios no lo ve como dinero. Es como las Primicias, que no son tampoco dinero, sino que son la señal de que Dios es considerado como la Persona más importante.
Lo que Dios quiere que tengamos en cuenta no es lo que hacemos para Él, sino cómo lo hacemos. Porque lo que hago no caracteriza lo que soy, sino cómo lo hago.
Cuando entramos al Santuario, por ejemplo, no se trata solo de entrar y presentar una ofrenda especial, sino cómo entraré, con la conciencia limpia, el corazón puro y las manos llenas, es decir cuerpo, alma, espíritu; entrega completa, sincera, con santidad, temor y devoción.
Por esa razón el Señor Jesús nos Enseña que, aunque no tengamos nada contra alguien, si sabemos que algún hermano tiene algo contra nosotros debemos reconciliarnos antes y presentar nuestra ofrenda después. Aquello que Le presento a Dios me representa ante Él, por eso debe ser sin mácula o mancha, suciedad.
«Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel». Mateo 5:25
Este adversario no es el diablo. Al diablo Dios lo llama “enemigo”, “ladrón”, “espíritus engañadores”; este adversario es la competencia, alguien que lo defraudó, un cliente, un vecino con quien comparte el camino. Estamos en un camino, la vida es un camino, y cada día escribimos una hoja.
Y cuando habla de la cárcel, Jesús está hablando de la cárcel espiritual, que es la peor, y es más torturadora que la física porque es interna, constante y condenatoria. Por eso existe la necesidad de arreglarse con Dios ya, para volverse UNO con Él, siendo Lleno de Su Gloria, como Prometió el Señor Jesús.
Jesús dijo que no vino para condenar sino para salvar. ¿Y cuál es la condición para que Dios me salve? Es la misma para todos, que yo perdone para ser perdonado, que yo entregue mi corazón viejo para que Él me dé un corazón nuevo.
Todos tenemos la oportunidad de reconciliarnos —de solucionar aquello que no está correcto. Aunque sea solo de nuestra parte, en caso de que la otra persona no quiera reconciliarse, o ya no esté viva, o no tengamos cómo comunicarnos con ella. Debemos hacer nuestra parte y listo, no podemos perder tiempo, porque en cualquier momento nuestro Señor puede venir a buscarnos o podemos partir de este mundo. Está al alcance de todos hacer lo que agrada a Dios para que tengamos Su Perdón, Su Espíritu y seamos Salvos.
«En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo». Mateo 5:26
Este último centavo significa que sufrirá las consecuencias al extremo, que sembró y cosechará, porque de Dios nadie va a burlarse.
Obedezca. Cuando era niño aprendió de sus padres a no poner los dedos en el enchufe, a no mentir, a no andar con extraños… Nos dieron esos consejos para protegernos, y cuando desobedecíamos sufríamos las consecuencias. Así sucede con Dios: No es un castigo, pero Dios permite que cosechemos lo que sembramos para que aprendamos, y valoremos nuestra palabra y nuestra fe, y así guardemos nuestro corazón.
Jesús siempre nos dice y nos dirá la verdad, porque quien ama dice la verdad y valora su propia palabra.
Usted puede no tener fama, estatus social, familia, pero hay dos cosas en usted que para Dios tienen un gran valor: la primera es la fe, y la segunda la palabra, Su Palabra.
Para Dios, Su Palabra tiene un gran valor. Honre su palabra, porque si usted honra su palabra, lo que Dios promete en la Palabra de Él va a cumplirse en su vida.
Yo he visto a personas que no tenían nada, pero porque honraban su palabra, Dios cumplió con todas Sus Promesas. Y conocí a muchas personas famosas, exitosas, ricas, que no cumplían su palabra y vivían vacías e infelices.
En esta Enseñanza del Señor Jesús, Él nos Revela la importancia de cuidar y valorar 4 cosas personales:
- Cuidar los ojos para no juzgar a las personas;
- Valorar y guardar la boca para no pronunciar palabras condenatorias, desagradables a Dios y condenarse a uno mismo;
- Mantener el corazón limpio a través de la humildad de pedir perdón cuando es necesario, y perdonar a nuestros ofensores;
- Guardar la fe y valorar y honrar la propia palabra para que la Palabra de Dios se cumpla en nuestra vida.
Obispo Júlio Freitas