Las actitudes hablan más fuerte que las palabras
En la época de la Iglesia Primitiva, los fariseos y escribas eran conocidos por ser religiosos, pero que se dejaban engañar por su propio corazón y por los vastos conocimientos que poseían. Ellos suponían que, por enseñar lo que habían aprendido, ya eran aprobados por Dios.
Sin embargo, el Señor Jesús, intentando alertarlos en cuanto a su error, enseñó una parábola sobre la diferencia de las palabras mencionadas y las actitudes tomadas. Sus dichos nos ayudan hoy a saber que el conocimiento que tengamos, el hecho de concurrir a una iglesia, hacer caridad o, incluso, contar con títulos eclesiásticos no nos garantizan la entrada al Reino de Dios.
“Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, ve, trabaja hoy en la viña’. Y respondiendo él, dijo: ‘No quiero’; pero después, arrepentido, fue”. Mateo 21:28-29
Este padre de la parábola tenía dos hijos. Cuando llamó al primero, en otras palabras, le dijo: “Hijo, me conocés, sabés quién soy y sé quién sos. Lo que te voy a pedir no es algo que no puedas entender, aceptar o hacer: andá al campo, a nuestra viña y trabajá allí. Sé que podés hacerlo”. Es la misma petición que nos hace Jesús.
Observamos que este hijo respondió de forma grosera, diciendo: “No quiero”. Pero esa respuesta también fue directa, real y sincera. Él no quería obedecer a su padre, sino solo a sus sentimientos, pensamientos, fantasías e ideas.
Hoy el Padre te dice: “No guardes ese resentimiento”. Debés saber que, más allá de todo el dolor que te puedan haber ocasionado, sos vos quien está permitiendo que esa situación perjudique lo más importante que tenés: tu alma.
En la oración del Padre Nuestro aprendemos que, cuando alguien perdona, en realidad se está perdonando primeramente a sí mismo. En contrapartida, cuando uno no perdona a quien le ofendió, se está excluyendo del perdón Divino.
Y el Señor no Dice estas palabras con la intensión de condenar, sino buscando que cada uno de nosotros reflexione, se arrepienta y tome la decisión de cambiar de dirección.
Cuando te Pide que dejes de hacer lo malo, de decir palabras negativas, en realidad te está diciendo: “… ve, trabaja hoy en la viña”.
Todos los días debemos “ir a la viña”, aunque pasemos por situaciones difíciles o si los que te rodean no quieran hacerlo, como fue el caso del segundo hijo de la parábola.
“Y llegándose al otro, le dijo lo mismo; pero él respondió y dijo: ‘Yo iré, señor’; y no fue”. Mateo 21:30
Este segundo hijo le dijo a su padre que sí iría y lo llamó “señor”. De manera semejante, hoy muchos llaman así a Dios, pero sus prioridades, actitudes, pensamientos y palabras prueban que el señor de sus vidas no es Jesús. Esto se puede notar cuando, entre mirar el lado bueno y el lado malo, se decide mirar lo negativo; cuando, entre hablar de una palabra de vida o de muerte, se decide pronunciar maldiciones.
“¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Ellos dijeron: El primero. Jesús les dijo: En verdad os digo que los recaudadores de impuestos y las rameras entran en el Reino de Dios antes que vosotros”. Mateo 21:31
Recordemos que Jesús estaba hablando con los escribas, fariseos. Conocían la Palabra, pero no la practicaban; la enseñaban, aunque no la vivían. Eran como ese segundo hijo que dijo “yo iré” y no lo hizo. Fueron solo palabras.
Cuando buscás a Dios, Él te está diciendo: “Vení, trabajá en mi viña”. Nunca serás perfecto, pero, si sos sincero, cuando te equivoques vas a reflexionar y cambiarás de dirección. No es cuestión de sentimientos, sino de decisión.
En el Reino de Dios no cuenta lo que hablás sino lo que hacés. Si cometiste un error, reparalo actuando bien. Si dijiste “no iré”, que tu actitud repare ese error, actuando bien, yendo a la viña.
Ninguno de nosotros podrá decir “yo no sabía”. Por eso, valorá esta oportunidad. Dios perdona, transforma y salva a todos los que se arrepienten.