En el Evangelio de Juan, capítulo 17, encontramos la oración que el Señor Jesús hizo cuando aún estaba entre los discípulos. Allí, Él no oró solo por quienes estaban a Su alrededor, sino también por todos los que llegarían a creer en Él a través de la Palabra. Eso nos revela que la fe no debe estar fundamentada solo en lo que los ojos ven.
Muchas personas dicen que creen en Dios después de haber recibido un milagro de sanidad o alguna otra bendición. Sin embargo, cuando la fe nace únicamente a partir de lo que fue visto, se apoya en el corazón y, por lo tanto, en las emociones. Es una fe que funciona mientras todo está bien, pero que se debilita cuando surgen las luchas, pues el corazón es engañoso, inconstante y fácilmente quebrantado (Jeremías 17:9).
La fe racional, por otro lado, es diferente. Se apoya en la Palabra, en las promesas de Jesús, y no en las circunstancias. Cree en el milagro incluso antes de verlo; cree en la provisión antes de recibirla; cree en la sanidad antes de que se manifieste. Entre todos los milagros, el mayor que Él tiene para darte es la salvación, porque es lo único que transforma la vida por completo.
Pero es importante entender que esta fe racional no nace del esfuerzo humano. Solo se vuelve posible cuando conocés al Señor Jesús. Cuando te acercás a Él, entendés quién es Él y comprendés Su sacrificio, Su amor y Su propósito para tu vida. Entonces, tu fe deja de ser emocional y pasa a ser consciente, firme y perseverante.
La fe basada en la razón no se quiebra, porque no depende de lo que sucede alrededor, sino de la relación que construiste con el Señor Jesús. Cuando eso se vuelve una realidad en tu interior, tu fe no se derrite frente a las dificultades, porque está cimentada en aquello que no cambia: la Palabra de Dios.
Y creés no solo por los milagros que Él hace, sino porque lo conocés y sabés que Él va a cumplir todo lo que prometió. Y eso te hace permanecer en Él.
Obispo Macedo
