Algunos elogios aquí y allá, un poco de atención diaria solo para darle sabor, y una petición apasionada, disfrazada de amor: “Sé mía”.
Y así es que la típica mujer se entrega a un hombre más que no ha probado nada, pero que dijo las palabras correctas. No hizo nada por amor, solo por atracción. Y ella, como de costumbre, cae en la labia de él para después revelarse nuevamente contra todos los hombres de la faz de la Tierra.
Era para que ella reconociera al tipo de hombre que actúa así, era para que huya de él; pero es justamente esa la clase de hombre que acostumbra a atraer, porque las señales que emite son las mismas: “Mirame”.
Mientras uses las mismas carnadas, vas a pescar el mismo tipo de pez: el famoso chico malo, fácilmente seducido por la belleza y la sensualidad.
Ella todavía no entendió que no es ese hombre el que va a ser su marido fiel. Y cuantos más hombres de ese tipo se involucren con ella, menos chances va a tener de encontrar al que busca. Después de todo, él también busca una esposa, no a una mujer que solo llama la atención.
