La humillación es una experiencia inevitable en la vida, pero no todas las formas de humillación conducen a la transformación espiritual. La Biblia nos enseña que humillarse delante de Dios es el camino para ser restaurados y exaltados.
Existen dos tipos de humillación:
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La humillación interna
Es la sensación de haber fallado, de no haber superado algo o de no haber alcanzado lo que se esperaba; es sentir que uno “no está a la altura”. La persona piensa: “Fallé”, “No pude”, “No lo logré”, “No sirvo para nada”. Aunque nadie le diga nada, ella misma se condena y alimenta pensamientos negativos.
Por eso hay personas que, aunque sonríen delante de los demás, por dentro cargan una vergüenza que nadie ve.
Pero si esta persona se humilla delante de Dios, el Espíritu Santo la fortalecerá, le Enseñará todas las cosas y, consecuentemente, superará y conquistará sus objetivos, los cuales Glorificarán a Dios.
La humillación interna alimenta fortaleza y esperanza.
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La humillación externa
Viene de afuera: es causada por personas, situaciones, palabras o circunstancias que afectan la dignidad de uno. Es cuando alguien desprecia, rechaza, menosprecia o señala a una persona como fracasada, incapaz o derrotada.
La humillación externa alimenta el sentimiento de inferioridad.
Hay quienes viven humillados por las circunstancias: frustraciones amorosas, fracasos profesionales, vicios, deudas, limitaciones físicas o conflictos que parecen no tener solución.
¿Cómo terminar con esto?
Humillaos, pues, Bajo la Poderosa Mano de Dios, para que Él os exalte a su debido tiempo, echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros. 1 Pedro 5:6-7
Los que se humillan delante de Dios no necesitan vivir humillados delante de las circunstancias, de las personas o de un pasado lleno de fracasos.
Muchos intentan esconder la humillación.
Quieren aparentar que todo está bien, pero nunca se humillan bajo la Poderosa Mano de Dios; por eso, siguen humillados.
Con Dios no vivimos una vida de apariencias. Humillarse delante de Él es reconocer: “Señor, Te necesito más que todo”, “No puedo cambiar por mí mismo”, “No puedo soportar, superar ni resolver esto solo”.
El problema nunca fue el problema en sí mismo, sino el corazón.
El pueblo de Dios sufría las consecuencias de su orgullo, se lamentaba por la situación y sentía vergüenza y humillación. Tenían la costumbre (religiosidad) de rasgar sus vestiduras como señal de dolor y arrepentimiento, pero lo hacían de manera externa y religiosa, para que otros lo vieran. Y el Profeta lo vio y los reprendió:
Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos; volved ahora al Señor vuestro Dios, porque Él es Compasivo y Clemente, Lento para la ira, Abundante en Misericordia, y se arrepiente de infligir el mal. Joel 2:13
La raíz del problema no estaba en la humillación externa, sino en la falta de humillación interna.
Muchos quieren el fin de la humillación externa, pero no quieren humillarse internamente, rasgar el corazón.
Quieren que Dios quite las consecuencias, pero no quieren quitar la soberbia, el egoísmo, la desobediencia y la incredulidad que las produjeron.
Quieren ser exaltados, pero sin humillarse delante de Dios.
Observá que la humillación humana —interna o externa— destruye, pero la humillación espiritual delante de Dios restaura, fortalece y Exalta. El camino para vencer las humillaciones y el fracaso no es aparentar ni esconder, sino abrir el corazón en sinceridad y rendición total al Señor Jesús.
Humillarse delante de Dios no es derrota, es el inicio de la verdadera victoria.
Nos vemos en la IURD o en las Nubes.
Obispo Julio Freitas
