Reino de la Luz vs. Reino de las Tinieblas
En este mundo solo hay dos tipos de reino: el de la Luz y el de las tinieblas. No hay neutralidad en el campo espiritual, ni lugar para una fidelidad dividida. Toda la humanidad se encuentra bajo la influencia de uno de estos reinos. Fue el mismo Señor Jesús quien estableció esta separación al declarar:
“Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).
Esta verdad se reafirma en toda la Escritura. El apóstol Pablo enseña:
“Él —Dios— nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al Reino de Su Hijo amado” (Colosenses 1:13).
Acá queda claro que existen dos dominios distintos, con gobiernos opuestos y principios incompatibles. El Reino de la Luz pertenece a Dios; el de las tinieblas opera en rebelión contra Él.
El Reino de la Luz está marcado por la presencia de Dios, por la verdad y por la vida.
“Dios es Luz, y en Él no hay tiniebla alguna” (1 Juan 1:5).
Quienes pertenecen a ese Reino son llamados a vivir en santidad:
“… porque antes erais tinieblas, pero ahora sois Luz en el Señor; andad como hijos de la Luz” (Efesios 5:8).
La Luz revela, corrige, purifica y conduce a la vida, porque:
“La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de Luz” (Mateo 6:22).
Jesús no solo enseñó acerca de la Luz. Él afirmó ser la misma Luz del mundo:
“… Yo Soy la Luz del mundo; el que Me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la Vida” (Juan 8:12).
Seguir a Cristo implica, entonces, abandonar el dominio de las tinieblas y vivir bajo un nuevo señorío, guiado por la verdad del Evangelio.
En cambio, el reino de las tinieblas se describe como un dominio de engaño y esclavitud espiritual. La Biblia afirma:
“… el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos…” (2 Corintios 4:4).
Y esto ha impedido que muchos vean la gloria de la Luz de Cristo. Este reino se manifiesta a través del pecado, la desobediencia y el rechazo de la verdad, porque:
“… los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, pues sus acciones eran malas” (Juan 3:19).
La batalla entre estos dos reinos no es solo externa, sino que ocurre en el corazón humano. Pablo describe esta realidad al decir:
“… la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne…” (Gálatas 5:17).
Cada decisión diaria deja en evidencia a quién estás sirviendo.
“¿No sabéis que cuando os presentáis a alguno como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, ya sea del pecado para muerte, o de la Obediencia para Justicia?” (Romanos 6:16).
Por eso, el llamado bíblico es claro y urgente: abandonar las tinieblas y vivir en la Luz.
“… desechemos las obras de las tinieblas y vistámonos con las Armas de la Luz”. (Romanos 13:12).
Quienes caminan en la Luz disfrutan de comunión con Dios, porque:
“… si andamos en la Luz, como Él está en la Luz, tenemos comunión los unos con los otros, y la Sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).
Así, no se trata solo de una elección religiosa, sino de una decisión espiritual profunda y constante. Servir al Reino de la Luz es someterse al Señor Jesucristo como único Señor, rechazando cualquier forma de duplicidad. Porque, como Jesús advirtió, nadie puede pertenecer a dos reinos al mismo tiempo:
“Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).