Durante las últimas semanas he meditado sobre el rey Ezequías. Su historia está llena de enseñanzas que no aparecen a primera vista. Si no nos detenemos a pensar, perderemos detalles que se encuentran allí, silenciosos, pero tan evidentes como el sol al mediodía.
Leyendo y meditando en 2 Crónicas 32, noté un patrón que aún no vivimos. Ezequías hizo todo lo posible para restaurar a Judá espiritualmente. Poco después de eso, sin embargo, observá lo que sucede:
“Después de estos actos de fidelidad, Senaquerib, rey de Asiria, vino e invadió a Judá y sitió las ciudades fortificadas, y mandó conquistarlas para sí”. 2 Crónicas 32:1
Es decir, no creas que solo porque comenzaste a hacer lo que nadie hacía antes o porque decidiste poner la casa en orden, la paz vendrá inmediatamente. Casi siempre suele ser lo contrario: el infierno reacciona. Y reacciona justamente cuando estás haciendo lo que Le agrada a Dios.
La pregunta es: si el mal se levanta contra nosotros cuando nos levantamos contra él, ¿qué sucede cuando no lo hacemos? En este caso, no estamos enfrentando el mal, simplemente estamos cosechando las consecuencias de nuestra propia desobediencia, un mal que nosotros mismos provocamos, no un mal que estamos combatiendo. Al final, terminamos eligiendo qué mal preferimos enfrentar.
