Celia relata que el sufrimiento llegó a su vida a temprana edad. “Desde niña era nerviosa, tenía complejo de inferioridad, vivía atormentada, hablaba con los muertos y tenía pesadillas. Además, había constantes peleas de mis padres”, detalla.
Luego, en su adolescencia, asegura que era impulsiva y rompía cosas. También, cuenta: “No podía comer nada, me brotaba y los médicos no encontraban la causa. Mi mamá me llevó a curanderos porque empecé a tener dolores de cabeza y no me podía concentrar en la escuela”.
A ese tormento se le sumó un episodio traumático que la marcó. “Sufrí un intento de abuso que me dejó asustada por mucho tiempo. Me costaba relacionarme con las personas”, recuerda.
Al hacerse adulta, la agresividad se intensificó. Celia admite: “Era peleadora y reaccionaba mal cuando me miraban. Con mi hermana nos odiábamos, le llegué a dar la cabeza contra la pared. Hasta que no veía sangre no paraba. No tenía control de mí”.
“Caí en un pozo depresivo y en los vicios del cigarrillo y el alcohol, nada me llenaba”, agrega.
Luego, el fracaso de una pareja la dejó con mucha tristeza. Y explica: “Pasé a decir que no iba a sufrir por ningún hombre, que yo los iba a hacer sufrir. Decidí tener otra relación para ver si me iba mejor, pero discutíamos, peleábamos, le revoleaba cosas y nos agarrábamos a las piñas”.
“Por otro lado, mi mamá estaba muy enferma y yo tenía premoniciones, sentía cuando ella se iba a poner mal”, cuenta.
Celia recuerda que le gustaba mucho la astrología y dependía de eso. Asegura: “No salía de mi casa sin antes saber cómo iba a estar mi día según el horóscopo”.
Un día recibió una invitación para ir a la Iglesia Universal. Ella recuerda: “No quise saber nada porque siempre escuchaba decir que ahí le sacaban la plata a la gente, que era una secta o que hacían brujería. Empecé a ir solo para acompañar a mi novio, que estaba mal de salud, pero no aguantaba estar ahí, me reía, me burlaba del pastor y cuestionaba todo. Tenía muchos prejuicios”.
“Mi pareja empezó a estar mejor; su semblante cambió, podía salir solo y había conseguido trabajo. Yo lo notaba, pero no quería admitirlo”, reconoce.
“Después de un tiempo, empecé a observar más lo que sucedía en la iglesia. Un día me sentí muy mal y me fui sola a una reunión. En ese entonces ya había pasado por tres intentos de suicidio, no me bañaba, no me higienizaba y no tenía fuerzas, vivía con angustia constante”, detalla.
Entonces, decidió darle una oportunidad a Dios. Ella recuerda: “Le dije: ‘Si Vos estás acá, cambiame, porque yo no creo en ninguno de los que están acá’. Ese día, el pastor dijo que teníamos que perdonar y dejar que lo malo saliera de nosotros para que Dios entrara. Hizo una oración y sentí que un peso se fue de mí”.
“Salí de allí como nueva, feliz, contenta y liviana. Ni yo podía creer cómo me sentía. Seguí yendo, empecé a estar más tranquila y conseguí trabajo”, cuenta.
Por úlltimo, destaca: “Hoy ya no tengo insomnio ni vicios. Estoy felizmente casada, toda mi familia se entregó a Dios y progresamos. No tengo odio ni ganas de pelear, me recuperé de la tristeza y la depresión. Soy una persona feliz, sin complejos, malas reacciones ni pensamientos malos”.
Celia asiste a la Iglesia Universal ubicada en Ezeiza 6169, Gregorio de Laferrere, Bs. As.
