Javier llevaba una vida de sufrimiento desde los 14 años. “Me involucré en los vicios y me relacionaba con personas que delinquían. A esa corta edad, empecé a consumir marihuana, alcohol, cocaína y pastillas, hasta llegué a fumar pasta base”, cuenta.
Ese camino lo llevó a la delincuencia. “En uno de esos hechos tuvimos un accidente y quedé detenido por varios meses”, recuerda. Tras ese episodio que afectó a su entorno, intentó cambiar de rumbo. Él cuenta: “Cuando salí, le prometí a mi familia que no lo iba a hacer más porque había visto a mi madre y mi abuela sufrir y llorar”.
Sin embargo, la promesa no duró mucho tiempo. “Por unos meses hice bien las cosas hasta que me invitaron nuevamente a delinquir y fuimos entre cuatro personas. Dos quedaron detenidos y yo logré escapar con otra persona. Nos quedamos drogando durante cuatro días seguidos con miedo a que nos agarraran”, narra.
Javier también comenzó a tener tormentos espirituales. Él detalla: “Veía sombras y sentía que me perseguían. No conseguía dormir, recién lo lograba cuando amanecía”.
Eso también le trajo consecuencias en el área económica porque “no duraba en los trabajos”. “Me echaban por no hacer las cosas bien. A veces, pasaba necesidades. Si tenía que comprarme ropa, no podía hacerlo porque en los trabajos me pagaban poco, solo me alcanzaba para lo básico”, explica.
“Tenía angustia y desesperación porque quería salir adelante, progresar, pero no sabía cómo”, asegura. Y agrega: “Buscaba hacer las cosas bien, pero no lo lograba. Fueron nueve años en los que no vi ninguna salida”.
Esa situación se hizo insostenible para quienes le rodeaban. “Una vez, me echaron de mi casa. Como estaba bajo los efectos de las sustancias, vendí mi auto y me gasté toda la plata en drogas”, recuerda Javier.
El punto de quiebre tuvo lugar durante una visita a la casa de su abuela. “Ella me hizo una invitación para concurrir a la Iglesia Universal. Entonces, fui”, señala el joven.
Esa decisión hizo que se encontrase con una frase que resonó en su mente y lo impulsó a cambiar. Él detalla: “El pastor habló acerca de 1 Corintios 1:27 que dice que Dios eligió lo menospreciado del mundo y lo vil para avergonzar a los fuertes y sabios. Me identifiqué con esa palabra porque yo era menospreciado por todos, por mi familia y la sociedad”.
“Desde ese día, empecé a participar de las reuniones y a usar la fe inteligente. Entendí que necesitaba del Espíritu Santo. Lo busqué y Lo recibí. Sentí una paz y alegría que nunca había encontrado. Fue así como me liberé de los vicios, los complejos y los miedos”, asegura. Y afirma que, aunque su entorno era el mismo, por dentro “sentía algo diferente”.
El cambio que nunca había podido lograr empezó a suceder. Él describe: “Conseguí un trabajo y logré comprar una camioneta para trabajar”.
Esa nueva vida, incluso, le dio fuerzas para superar las adversidades. “En una oportunidad, me despidieron injustamente después de una falsa acusación. Abrí un emprendimiento con la camioneta y, a las dos semanas, la camioneta se prendió fuego. Sin embargo, busqué la Justicia de Dios y comencé a ver resultados positivos”, asevera.
Ese episodio difícil se convirtió en el impulsor de algo mucho mejor. “Dios me dio inspiración para iniciar un negocio propio que hoy va muy bien, con clientes en todo el país. Conquisté un auto cero kilómetros y una casa propia. Además, pude formar mi familia, me casé. Pero lo más importante fue haber recibido el Espíritu Santo”, concluye.
Javier asiste a la Iglesia Universal ubicada en Av. Rivadavia 11262, Liniers, CABA.
