El Reino de Dios está disponible para todos los que creen de forma inteligente, racional y práctica a través del arrepentimiento: abandonando los errores, dejando los pecados y comenzando a vivir según lo que es verdadero, justo y correcto. Este Reino es justicia, paz y alegría.
Así, para entrar en él, no se puede traer malos hábitos del reino de este mundo. Es necesario hacer morir la vieja naturaleza, renunciar a las manías, los errores y dejar atrás todo lo que se opone a la voluntad de Dios.
Cuando los fariseos Le preguntaron a Jesús cuándo vendría el Reino de Dios, Él respondió:
“… El Reino de Dios no viene con señales visibles” (Lucas 17:20-21).
En otras palabras, el Reino de Dios es espiritual.
Dios es Espíritu. ¿Vos ves tu propio espíritu? No. Entonces, ¿cómo podrías ver el Espíritu de Dios? Sin embargo, cuando Él entra, llena el interior de la persona con una profunda e íntima paz. Esa paz es la evidencia de que Lo recibiste.
Además, Jesús enseñó que el Reino de Dios es semejante a un hombre que encontró un tesoro en el campo; lo escondió, volvió, vendió todo y adquirió aquel campo (Mateo 13:44-46).
Para tomar posesión de ese tesoro inagotable, es indispensable renunciar a los tesoros perecibles del mundo (pecados y placeres) y sujetarse a la ética, a la justicia, al orden y a la disciplina del Reino de Dios.
Por lo tanto, no se puede vivir en el Reino de Dios y en el reino del mundo al mismo tiempo. Para entrar al Reino de Dios es necesario renunciar al reino de este mundo, aunque muchos, incluso sufriendo, insistan en continuar en él.
Así, no somos nosotros quienes simplemente entramos en el Reino de Dios; es Su Reino el que entra en nosotros cuando le damos la espalda al mundo.
Obispo Macedo
