La Iglesia de Cristo debe vivir en unidad, santidad y total dependencia de la dirección de Dios
La Iglesia es la novia del Señor Jesús y, por eso, debe vivir en total sumisión a Su voluntad, así como el cuerpo responde a las directrices de la cabeza.
La sumisión a Dios no significa pérdida de identidad, sino transformación. Al permitir que la Palabra de Dios enseñe y corrija la vida espiritual, el siervo es perfeccionado y se acerca al carácter de Cristo.
El Señor Jesús cuida de Su Iglesia por medio de la enseñanza y la corrección. Ese proceso lleva al cristiano a abandonar hábitos, pensamientos y comportamientos incompatibles con la fe, promoviendo el crecimiento espiritual.
La orientación de Dios para Su Iglesia debe incorporarse a la vida cotidiana, reflejándose en las decisiones, prioridades y actitudes de cada cristiano. En ese contexto, los cristianos deben estar en el mismo espíritu del profeta Joel, marcado por la oración, el ayuno, el clamor y la sensibilidad ante la realidad espiritual de las personas en este mundo.
Las señales como las malas conversaciones, la resistencia a la corrección y la falta de transformación interior pueden revelar problemas espirituales más profundos.
Además, las advertencias hechas a las iglesias en el libro de Apocalipsis, que habla sobre los cristianos que se alejan del primer amor y permiten influencias contrarias a las enseñanzas de Jesús.
Por eso, se recomienda no resistirse a las direcciones divinas, sino permitir que la Palabra produzca los cambios necesarios para una vida santa e irreprensible delante de Dios. Aquellos que hacen la voluntad de Dios forman un solo cuerpo en Cristo.
Así, esta unidad espiritual fortalece a la Iglesia y permite que sus miembros caminen en armonía, con un mismo propósito: agradar a Dios y salvar almas.
