Belén y Leonardo se fueron a vivir juntos cuando eran muy jóvenes. Ella recuerda: “Fue muy lindo durante los primeros meses. Luego, empezaron las peleas. Le pegaba, le tiraba cosas y él me devolvía la agresión. Con el tiempo, empecé a tenerle miedo; él rompía cosas y me amenazaba si quería dejarlo”.
“Le gustaba ir a bailar y beber. De viernes a domingo se iba con sus amigos y yo me quedaba sola; no estábamos juntos”, detalla.
Luego, quedó embarazada. Belén cuenta: “Él estaba contento con ser padre. En ese periodo, dejamos de pelear, aunque él seguía saliendo. Me había acostumbrado a esa vida”.
“Sin embargo, eso me causaba tristeza. Le decía que no me dejara porque tenía miedo, insomnio y ataques de llanto, pero, aun así, él se iba. Me sentía abandonada”, señala.
“Cuando nació mi hija, volvimos a pelear”, admite. Y cuenta lo que sucedió una noche en la que su pequeña de dos meses lloraba sin parar: “Era un viernes y, como era la costumbre de él, llegaba de trabajar y se iba. Le pedí que se quedara. Él me dijo: ‘Me voy igual, cualquier cosa que pase, me llamás’”.
Belén asegura que vivió un momento muy difícil con su hija y su mamá: “Estuvimos un fin de semana en el hospital. Él no apareció, lloré mucho, estaba angustiada y enojada”.
“Después de eso, nos separamos. Luego, prometimos cambiar y empezar de nuevo. Le pedí que pasáramos más tiempo juntos”, recuerda Belén. Sin embargo, asegura que, a las dos semanas, él se volvió a ir con sus amistades. “Regresaba borracho y sus amigos lo dejaban en la puerta. Enojada, tenía que levantarme para llevarlo a la cama”, cuenta. Y añade: “Miraba a mi esposo y lloraba porque me daba tristeza”.
En una oportunidad, ella se enfermó y no se podía levantar. “Mi mamá llevó una prenda mía a la Universal para que le hicieran una oración. Luego, me puse esa ropa para dormir y al día siguiente me levanté mejor”, recuerda.
Entonces, empezó a participar de las reuniones. Belén señala: “El Pastor dijo que escribiéramos lo que nos hacía llorar; en mi caso, era ver a mi esposo borracho. Al tiempo, empecé a ver los cambios. Él me dejaba ir a la iglesia, cuidaba a la bebé y cada vez salía menos”.
“Una noche, él me dijo que iba a ir conmigo a la iglesia. ¡No lo podía creer! Allí Dios nos transformó, nos pedimos perdón, empezamos a charlar más y a pasar tiempo en familia. Ya no peleábamos y comenzamos a conocernos de verdad”, subraya.
Por último, resalta: “Nos casamos, sellamos nuestro compromiso y hoy disfrutamos de una familia feliz”.
Belén asiste a la Iglesia Universal ubicada en 25 de Mayo 2660, Santa Fe.

1 comentario
«La postura del proveedor
responsable…» sumado este
posteo reafirman que el núcleo familiar es lo más importante.
De la forma en que sucedan las redes intrahogareñas, afectará en cómo nos desenvolvamos en otros ámbito sociales.
Parece una exageración. Yo creo en ello.
El tema se toca en el artículo que
menciono: los recursos materiales per sé , no garantizan una FAMILIA
FUERTE.
En mi opinión, el Concepto FAMILIA tiene hondura y muchas aristas; es AMPLIO.
Lograrlo, se puede. Este posteo lo dice!